Silvestre Pacheco León.-Zihuatanejo Guerrero

Politologo, Ambientalista, Periodista… Contacto: leonblog@riseup.net

El borbollón que no lo será más Marzo 3, 2007

Archivado en: Ecologia — silver99 @ 4:56 pm

El borbollón que no lo será más

Silvestre Pacheco León
wew.jpg
Era el paseo por excelencia para los habitantes de la comarca. En la Semana Santa se
podían contar las familias que se privaban de ese placer. De mi pueblo se llegaba a pie
cuando los vehículos eran novedad. La gente mayor de por sí oponía resistencia para
abordar los chilolos que daban el servicio público de transporte, y los jóvenes siempre
tenían más a la mano a las bestias de silla para hacer el recorrido. Lo cierto es que eran
como romería los caminos que llegan al sitio.

Toda la ribera del Río Azul era un solo campamento de bañistas. Los privilegiados eran
quienes llegaban primero al lugar y se acomodaban en torno al mayor portento de la
naturaleza: El Borbollón.
Su rumor se podía escuchar en cuanto uno divisaba las grandes copas de los árboles de
amate que sombreaban su entorno. Era un río caudaloso y el azul transparente que atraía,
contrastaba siempre con lo blanquísimo de sus piedras.
Para los adolescentes era la prueba de fuego poder cruzarlo a nado, porque de otro modo
no se podía. La supremacía en ese lance era nuestra, de los que teníamos la fortuna de
vivir junto a un río y sabíamos cómo cruzar las corrientes con el clavado perfecto y el nado
veloz, desafiando la fuerza del agua pegados al fondo.
Estoy seguro que son cientos los lugareños que vivieron sus aventuras precoces en El
Borbollón, envueltos en la magia del rumor acompasado de aquel torrente que brotaba
impetuoso del “teconcli”arcilloso. No importa el tiempo transcurrido, puedo recordar uno a
uno los árboles que nos dieron sombra en aquellos “nuestros años felices”. Las ramas
del Amate Blanco nos servían de trampolín. Los más osados tomaban carrera del cuirindal
o coxcahuate para dirigirse en clavado al corazón mismo del Borbollón, sólo para ser
expulsados a la superficie con fuerza impetuosa.
Desde aquel lugar donde, cosa curiosa, por las mañanas el agua brotaba tibia y vaporosa,
nos llega la noticia: El principal atractivo turístico del Río Azul, el Borbollón, ha
desaparecido. Aquel espectáculo del nacimiento del agua entre camuchinas, cajanicuiles,
ahuejotes y amates, no existe más. Del enorme torrente que nacía de la tierra formando el
caudaloso río de aguas azules y cristalinas, sólo será recuerdo para quienes tuvimos la
oportunidad de conocerlo.
El milagro atraía. Era irresistible para los osados explorar en sus entrañas. A poco de
conocerlo cada quien se daba por vencido ante cualquier intento de encontrarle explicación
al portento. En una cañada, rodeada por cerros agrestes y deforestados, la naturaleza no
daba indicios de la riqueza que guardaba en sus entrañas.
El Salto, como se le conoce al manantial que da agua a la cabecera municipal formando el
río Limpio, se encuentra en la misma dirección que El Borbollón siguiendo el maciso
pedregoso al sureste, hasta el cerro de La Mina, pero da la casualidad que aquel es de
agua dulce.
Como es tan notoria la diferencia entre ambos manantiales, porque El Salto nace de una
muralla rocosa y avanza encajonado por los pliegues del cerro hasta bañar el hermoso
valle de Quechultenango, El Borbollón es de agua salobre y brota en medio de la cañada,
en el mismo lecho que antes formaron tanto el río Limpio de Quechultenango, como el de
Mochitlán que se junta con el Huacapa.
Ese misterio de la naturaleza sobre la procedencia del agua del Borbollón dio origen a
leyendas e historias con las que muchos habitantes crecieron. Recuerdo que mi abuelo
Juventino León, hombre de amplia ascendencia en el pueblo, repetía lo que de niño oía de
sus mayores. Decía que El Borbollón, antes de brotar de la tierra, pasaba por cavidades y
cuevas de lugares insospechados. Las señas que daba aludían al sótano que sirve para
las ofrendas a la Santa Cruz en la mera cima del cerro que se conoce como El Cimal. El
cerro en cuestión, es el más cercano y elevado de cuantos resguardan a la cabecera
municipal. A él llegan las peregrinaciones y los danzantes que con fervor entregan ofrendas
de comidas a los dioses que al paso del tiempo y de las religiones identifican con la Santa
Cruz del rito católico
Le dicen El Sótano, pero es un profundo pozo, un hundimiento en la misma cima del cerro,
tan amplio que le han nacido árboles en el fondo, y tan alto y peligroso que poco se sabe
de quienes han bajado a explorarlo.
La leyenda dice que no faltó quien decidido a bajar contara que, llegado al fondo, lo atrajo el
fuerte rumor a corriente de agua, que la curiosidad no la pudo contener y se encontró
entonces frente al caudal de agua subterránea en una especie de gruta, que siguió el
cauce del río para encontrar más adelante la oquedad que permitía la entrada del sol, que
había en la ribera matas de carrizo y de cañas dulces. Por el color del agua supuso
entonces que se trataba del Borbollón.
Ya he dicho que el nacimiento del Río Azul lo forman manantiales de diverso tamaño
esparcidos en un área de un kilómetro, muy cerca de Quechultenango. Hasta hace medio
siglo, a la entrada del pueblo de Coxcamila, a escasos tres kilómetros de la cabecera
municipal, brotaba en chorro el principal de los manantiales que nacía de una roca rojiza.
Con la construcción de la carretera que se trazó en la década de los 40 para llegar a la
hidroeléctrica de Colotlipa, el chorro cesó, pero entonces nadie se preocupó del suceso,
pues se daba por descontado que la carretera traería mayores beneficios que el chorro de
agua salobre, máxime que a lo largo de un kilómetro, río abajo, el agua brotaba en
cualquier parte antecediendo al Borbollón.
El Borbollón fue el balneario natural por excelencia en los últimos 50 años. A pesar de que
su único acceso carretero cruzaba las tierras de una pequeña propiedad, siempre se
franqueó el paso a los visitantes que llegaban por un paseo amable entre los cultivos de
maíz, jitomate, calabazas y frijol, según fuera la temporada.
El otro acceso, usado mayoritariamente por los habitantes de Quechultenango era
bordeando el río usando los caminos de las parcelas del ejido de Coxcamila. Del
nacimiento del Río Azul hasta el poblado de Santa Fe, era preciso andar por grandes y
sombreadas huertas de aguacates y mangos que sobrevivieron a la época de la Colonia.
Las acequias para el riego de los cañaverales que abastecían la molienda que antes fue
de españoles atestiguan el mundo que cambió.
Hace apenas un año visité por última vez el Borbollón. No pude disfrutarlo porque siendo la
época de lluvias, el agua de todo el río se contamina con el drenaje de Chilpancingo, pero
entonces todavía se apreciaba el poderoso manar del agua a borbotones.
En aquel mi último paseo disfruté del agua azul, cristalina y fría, del manantial vecino que
corre disimulado entre árboles de palo colorado y cuirindales, hasta formar una amplia
poza rodeada de frondosos ahuejotes y aguacates silvestres.
Aunque sobra decirlo debo referirme al hecho de que con el caudal del río Azul y los miles
de visitantes que llegan cada año, la vida de todo un pueblo ha cambiado con los años.
Santa Fe era un pueblo pobre de indígenas que medio vivían de los cultivos de temporal.
Sus casas eran de tierra con techos de palma y las calles no las conocían. La pobreza
dominaba la vida de sus habitantes.
Hace 30 años su vida les cambió. La carretera llegó al pueblo y bajó al río. Con la carretera
llegaron los paseantes cada fin de semana.
El pueblo organizado puso orden para el estacionamiento de los carros y luego en las
enramadas que construyeron a la orilla del río. Cada familia se hizo empresa familiar; el
maíz mejoró su precio y la milpa abasteció no sólo de elotes, sino de calabazas y frijol las
mesas de los visitantes.
Lo que sucede en Santa Fe también se nota en los pueblos asentados en el trayecto,
desde la capital del estado. En Mochitlán es más notorio. A la orilla del camino todo el
tiempo venden cocos, toronjas, sandías, melones, jícamas y cacahuates. Su mercado los
domingos es tan colorido y diverso como la plaza de Quechultenango. La comida regional
menudea y la economía florece. Es la cultura del maíz en apogeo. El pozole, los tamales,
los elotes, las tortillas, el atole. Todo lo demás es su complemento: el queso fresco, la
barbacoa, el chicharrón, los dulces, el cilantro, la pipixa, toda la gama de guisos y sabores
que los pobladores de la cañada del Río Azul comparten con los visitantes.
¿Y si el río se acaba?
Parece una desmesura siquiera pensarlo. El único indicio es lo que cuentan con
preocupación los pobladores de esa comarca. Fuera de ello, nadie sabe nada. Aunque
algunos mal pensados opinan que el fenómeno se relaciona con la extracción de agua que
a últimas fechas se está haciendo desde el recientemente construido pozo profundo en la
entrada de Tepechicotlán, pero, al parecer, ni siquiera los reportes del volumen de agua
que registra la planta hidroeléctrica de Colotlipa aparecen fuera de lo normal. Sin embargo,
El Borbollón ha desaparecido.
Espero que alguna escuela de la UAG se interese en el caso e investigue sobre este
problema que está alarmando a la población.

 

One Response to “El borbollón que no lo será más”


Leave a Reply