Silvestre Pacheco León.-Zihuatanejo Guerrero

Politologo, Ambientalista, Periodista… Contacto: leonblog@riseup.net

EN EL DIA INTERNACIONAL DE LAS AVES Mayo 11, 2009

Archivado en: Seguridad — silver99 @ 3:05 pm


Silvestre Pacheco León

Así, el combate decisivo contra el hombre de hierro es el que se libra en los trópicos.

El futuro de nuestra especie depende de la gran batalla que se disputa en el Sur, tanto el simbólico como el geográfico” A. Bartra.

De tarde en tarde, Palmira y yo cargamos nuestros arreos y salimos presurosos de la casa para aprovechar la última luz del día en el Paraíso, trabajando para reponer una parte de bosque, un minúsculo pero valioso bosque de robles y cedros que será nuestro aporte para borrar la huella ambiental que hemos producido a lo largo de nuestras vidas.

Son apenas unos metros de tierra negra, requemada por el sol y el fuego, donde antes hubo bosque y después devino potrero, pastizal, lote baldío, pero sigue siendo un paraíso que el viento marino mantiene fresco.

En años pasados, mientras el terreno permaneció baldío, quisimos aprovechar el temporal de lluvias para sembrar y crecer los árboles, pero en el primer intento sucumbieron al fuego de un incendio provocado por vecinos que así limpian el suelo, en la idea de que la vegetación, como los animales silvestres, son obstáculos para la vida, que conviene borrar de su entorno.

Todavía después de cercado nuestro patio, uno de los sucesivos incendios iniciado en el terreno vecino, casi da cuenta de los postes y de la cerca. La mayoría de los matorrales que nacieron y crecieron libres durante las lluvias, fueron por enésima vez sacrificados.

La  buena noticia es que algunos de los robles sembrados el año pasado lograron sobrevivir y crecer junto a los ciruelos cimarrones que han creado las defensas suficientes contra la lumbre. En el nacimiento de nuestro bosque, junto a los robles que darán flores lilas, crecen los cacahuananches, cuahulotes, parotillas y tepehuajes. Hasta un limón, nacido entre las piedras y por ellas protegido, ha dado cuenta de sus primeros frutos que, amarillos, tapizaron el suelo. Los últimos que han muerto son, una pumarrosa y un guayacán. La primera traída del vivero de Felipe Arreaga allá en la sierra de Petatlán, y el segundo, un regalo de Elías Barreto, petatleco a quien se debe la recuperación de éste arbusto que crece en la playa, en peligro de extinción.

El terreno ocupa la cima de un lomerío suave, elevado unos 20 metros sobre el nivel del mar. Desde allí se domina la extensa planicie costera, cubierta por el tapiz esmeralda que forman las huertas de palma y de mango. Entre ellas resaltan algunos claros que son potreros de pastos siempre verdes. El mugido de las vacas y el bramido de los becerros a veces se confunden con los gritos de los muchachos que se encargan de cuidarlos.

Al fondo, como si fuera un muro conteniendo el desbordante avance de los palmares, se divisa la playa de la bahía de Potosí. Le sigue un listón azul turquesa de mar que en el horizonte se confunde con el cielo.

En el océano sobresalen los enormes morros areniscos, casi blancos, formados como prolongación del cerro del Huamilule, ubicado entre la laguna de Potosí y el mar. A la distancia me parecen elefantes que cruzan un lago en la sabana.

Todo eso diviso al sur, porque si volteo al norte, veo el acceso al Paraíso, que así se llama la colonia donde crece mi bosque. Puesto de espaldas al mar, veo el camino de terracería que desde la carretera nacional va bordeando la laguna Caña de Agua. Por las tardes no es raro encontrarse grupos de pescadores, cuidándose unos a otros de los cocodrilos, mientras lanzan sus atarrayas con más empeño que suerte, buscando camarón, y peces de escama, ahora que el cuerpo de agua casi se termina de evaporar.

Las bandadas de patos de Canadá ya han pasado por aquí en su largo peregrinar hacia el Sur. Ahora son las garzas de patas amarillas las que pescan y descansan junto a uno que otro caballo que pasta en la orilla de la laguna. Por éste lado también hay huertas, la mayoría de mango porque la zona más fértil y húmeda de la costa se destinó de tiempo para los cocoteros. Más adelante y siempre subiendo la vista, nos topamos con las primeros cerros como estribaciones de la Sierra Madre del Sur. A sus pies los enormes zacatales de los potreros pintan de café claro el paisaje, mientras que una selva de árboles y arbustos, ya sin hojas, ponen el color plomizo de sus tallos para resistir la resequedad del ambiente.

Este ambiente lo disfrutamos de tarde en tarde mientras regamos los árboles que necesitan el agua, al menos dos litros diarios para no morir. Una parte la llevamos desde nuestra casa, para la otra nos servimos de un diminuto ojo de agua que nace en uno de los pliegues del lomerío. Mientras se junta suficiente agua para acarrearla hasta el pie de cada árbol, Palmira y yo nos damos a la lectura, mecidos en la infaltable hamaca que, sin protestar, sostienen las ramas de un cacahuananche añoso que, justo ahora, empieza a reverdecer.

El terreno ahora está preparado para que ante un eventual incendio nuestro bosque no sufra merma. Hemos hecho una guardarraya por toda la cerca, y amontonado la materia seca, lejos de cada árbol. A los vecinos les hemos explicado la razón de no quemar, para proteger la capa vegetal que cubre lo nutritivo del suelo que da vida a las plantas. Algunos entienden.

El manantial es fuente de vida. A él acude toda clase de animales en el día, y seguramente también por la noche. Prefieren esta agua que es dulce a la de la laguna, que es salobre.

Una tarde, mientras veía cómo volaban asustadas las palomas barranqueñas, calandrias y primaveras, alejándose de las personas que pasan con frecuencia  por el ojo de agua, decidí ponerles un bebedero en la cima. Después de una semana que me ausenté, miré satisfecho que muchos pájaros descubrieron el agua, de tal manera que por las tardes se dan cita aquí. Es un concierto de cantos. Aves diversas llegan al lugar para beber.

En una sola tarde he identificado a más de 10 especies diferentes y ya he tenido el privilegio de conocer el zenzontle, pájaro que rara vez escuchaba, siempre lejano, confundiéndome con sus tonos diferentes. En un mes escuché tres veces su canto, y una tarde por fin lo conocí. Se posó entre el breñal de la cerca. Lo supe por su canto. Estaba justo en dirección de donde el sol se ponía. Tuve tiempo de llegar a la hamaca, tomar mis binoculares y acercar el pájaro a mis ojos. Su tamaño es el de una primavera, y hasta tiene el mismo tono plomizo en sus alas. Todo el pecho es de un color entre café y rojo hasta el pico, un poco ganchudo, y cola delgada. Estuvo quieto unos momentos. Después voló y se perdió a lo lejos.

Por las tardes llegan al agua las huilotas, siempre en pareja con su batir de alas tan peculiar, como un ligero rose de violín, y su canto gutural. Se ven tan limpias y delicadas en su color café, con patas y picos rosados. Su vuelo es rápido y siempre en línea recta.

La otra tarde pude ver una paloma barranqueña, sóla, casi blanca y también delicada. Llegó hasta el ciruelo y se estuvo quieta hasta que me descubrió. Siempre la escucho cantar   cu –cu – cu entre lo espeso del bosque.

Las calandrias de negro y amarillo chillante lo hacen en parvadas de seis o siete, alegres y bullangueras. Buscan las flores que ahora escasean, y también los animales minúsculos. Los luises son los que más abundan, y están aquí todo el tiempo. Hay quienes los conocen como Portujueces y su canto en las casas es señal de que tendrán noticias o visitas. Viéndolos con detenimiento, uno puede admirar sus detalles. Si sus alas son plomizas y el pecho amarillo, de su pico se prolongan sendas rayas negras que rodean la cabeza. Mientras avanzan dejan lugar a una línea blanquísima que les da una figura señorial mientras cantan con presunción, siempre en las puntas de las ramas.

Las conguchas que también andan en par y caminan juntas por el suelo, sólo de apariencia son mansas, saben que su color se confunde con el rastrojo y caminan con pasos menudos pero a prisa para perderse de vista en un parpadeo. Cuando vuelan, asustan por verse descubiertas.

Los cardenales son pájaros pequeños pero llamativos por su color rojo encendido y su copete café. Dicen que viéndolos dan suerte, pero no abundan, por eso los suertudos escasean.

Los colibríes son grandes y chicos, también de colores diversos. Son inconfundibles por la rapidez con que mueven sus alas y el equilibrio que guardan mientras liban la miel de las flores. Un negro tornasolado con las puntas de la cola en color blanco fue la sensación, igual que uno casi anaranjado con alas cafés. Quizá por aquí tengan un nido. Ellos llegan todas las tardes, vuelan frente a la hamaca entre curiosos y desconfiados.

Pardeando la tarde llega una pichacua, ése pájaro de regular tamaño que se asienta en los caminos y espanta, con sus ojos como tizones, de vuelo enérgico en sube y baja. También lo pude observar largamente posado en el ciruelo. Es de color gris o graniso y de pico ganchudo, con alas grandes y delgadas que al desplegarse muestran sendas manchas blancas.

Ahora los dos ciruelos están llenos de frutos, a cual más maduro. Dan ciruelas anaranjadas y rojas, ácidas pero jugosas, para calmar la sed.

Si el manantial se mantiene vivo lo que resta de la primavera, los árboles pequeños sobrevivirán, hasta que llegue la temporada de lluvias. Al año siguiente sus raíces habrán crecido tanto que serán autosuficientes. Eso esperamos.