Silvestre Pacheco León.-Zihuatanejo Guerrero

Politologo, Ambientalista, Periodista… Contacto: leonblog@riseup.net

VUELTA A LA CAÑADA DEL RIO AZUL Agosto 28, 2009

Archivado en: Ecologia — silver99 @ 10:48 pm


Silvestre Pacheco León.

Que el asesinato de Armando Chavarria

no sea uno más de los crímenes impunes,

y que su sacrificio nos llene de coraje

para no callar la demanda de justicia en Guerrero.

Es verde esmeralda el color de sus campos. La lluvia ha repetido el milagro de la vida, después que el sol y la tierra han hecho su parte. Los cultivos crecen en toda la cañada repitiendo el ciclo de la vida.

El maíz sigue predominando en las parcelas, pero también hay sembradíos de cacahuate, sorgo y alfalfa. Los cultivos que no se ven pero se adivinan, son el frijol, la calabaza, sandía. Después de todo, se auguran buenas cosechas y eso tiene en contento a la gente.

Hace apenas quince días la sequía era la noticia. Muchas siembras se malograron, pero la mayoría llegará a buen término. Los pueblos hicieron lo que pudieron. A fuerza de rezos, ruegos y cuetes, cargando en andas a sus respectivos santos y con  el sacrificio del ayuno, saliendo en procesión por los campos, bajo el sol del medio día, su fe tuvo recompesa de humedad..La tristeza y desesperanza se trocó en alegría a partir de la segunda quincena de agosto.

Hace apenas un mes caminé confundido por sus campos tratando de entender el panorama cambiado. Ciertamente el trabajo de la siembra era muestra de retraso porque a excepción del ejido de Tepechicotlán, que tiene el beneficio del riego, y por eso su calendario de siembras no sufre alteraciones, en el resto de la cañada las milpas apenas despuntaban.

Acostumbrado a ver los cultivos desarrollados cuando las fiestas de la Señora Santana en Mochitlán y del Santiago Apostol en Quechultenango, se preparan, en éste año, por esas fechas el campo lucía desolado. Las procesiones de yuntas y yunteros por las calles de los pueblos, que antes daban colorido a estas épocas, quedaron para el recuerdo.

Los clásicos naylos o plásticos multicolores que en el campo se usan como capotes para cubrirse de la lluvia, no se ven más. Será la escasez de lluvia o las ventajas del transporte vehicular que ahora està al alcance de todos, como para ponerse a resguardo ante amenazas de tormenta, pero el caso es que también en esto se nota el cambio. Ni burros ni caballos pastan en los carriles. En su lugar son las “trocas” estacionadas las que llaman la atención.

No miré  yuntas de bueyes en las siembras, ni en las labores de cultivo, pero me llamó la atención la proliferación de bombas aspersoras y también los grandes recipientes plásticos en los que ahora los campesinos preparan los líquidos con los que combaten la hierba y las plagas, llevándose de por medio, chapulines, hormigas, lagartijas, y quien sabe cuántos insectos y animales más.

Don Procopio y doña Lupe, de los pocos campesinos que quedan, platican las novedades que han visto en sus ocho décadas de vida. Él dice que nuevos campesinos no hay, que ahora los que trabajan en el campo “son nomás peones” que trabajan para las grandes empresas comercializadoras de semillas y agroquímicos; que antes los campesinos sembraban y producían su propio alimento, que seleccionaban  las semillas y eran dueños de los insumos. Fabricaban orgánicamente  su propio abono para fertilizar y ellos mismos araban la tierra con sus yuntas. Ahora son flojos quienes trabajan en el campo. Buscan la comodidad, aunque la siembra les cueste lo que no tienen. Puro dinero para tanto químico que se utiliza. Ahora ya ni el tractor ocupan para aflojar la tierra. Siembran sin escardar, atenidos al líquido Matatodo para combatir la maleza. Hasta dos fumigadas dan, y pronto serán tres, porque dice que, o bien el líquido ya no es tan fuerte como antes, o las hierbas se han vuelto más resistentes.

Ambos campesinos hacen recuento de las novedades. Don Procopio asegura que ya casi no hay lagartijas y mucho menos iguanas. No recuerdan haber visto en esta temporada de lluvias los magníficos arcoiris del horizonte. Doña Lupe pregunta si alguien vio las famosas hormigas voladoras que antes anunciaban el principio de las lluvias. Ni las manadas de zanates con su escándalo por las mañanas, dice que se aparecen.

Los campesinos ya no hablan de las semillas criollas que antes ellos mismos seleccionaban, ahora llaman con nombres extraños y números en clave para nombrar las semillas mejorada y sus paquetes tecnológicos respectivos.

Debo confesar que me asusta ver parcelas de maíz tan desarrolladas, altas, gruesas  y uniformes, donde cada mata tiene dos y hasta tres elotes. Las hay de una espiga morada que refulge, y otras de color blanquísimo que contrasta con el verde oscuro de sus hojas y el encendido rojo escarlata de la cabellera que corona a los elotes. ¿A alguien le consta que no estamos ya frente al maíz transgénico?

El caso es que cada vez son menos los campesinos que siembran el maíz pensando en asegurar el sustento de sus familias. Los más piensan en su comercialización, pues las tortillas ahora hay que comprarlas todos los días, ni modo de pensar en cocer el nixtamal que es símbolo de atraso, máxime que éste maíz que cosechan no aguanta más de un día sin acedarse, dicen las mujeres. Por eso casi todos se han acostumbrado a consumir la mala calidad del producto que expenden las tortillerías.

En efecto, la mayor parte del maíz cosechado no se consume en la cuenca. Parte del que se queda sirve como forraje, pues la ganadería se ha incrementado bajo el sistema semiestabulado con la falsa idea de que eso sí es negocio.

Claro que no es consuelo saber que el maíz que ahora se produce no es el que se come localmente, dado el coctel químico que lo hace posible, pero de todas maneras, es la población de la cañada la principal consumidora de los productos de la ganadería cuyos insumos son, mayoritariamente, químicos y transgénicos.

Además de contaminar y esterilizar la tierra con la extensa gama de agroquímicos que utilizan, los campesinos saben que el agua no está exenta del daño, y hasta quizá sea peor en el caso de éste recurso porque la lluvia arrastra consigo todo el nitrato, potasio, sulfato con que los campesino fertilizan cada año, y casi toda el agua que se utiliza para el riego trae adicionado el drenaje de los habitantes que viven en la capital del estado, Petaquillas, Tepechicotlán, Mochitlán y Coatomatitlán, pues, como se sabe, sólo la cabecera municipal de Quechultenango cuenta con una planta de tratamiento de sus aguas residuales.

Pero el daño más grave al medio ambiente es el generado por los residuos llamados urbanos, y que no son otra cosa que los desechos sólidos que producen las familias en su consumo cotidiano. Una foto de un tramo del río Azul, adelante de Colotlipa, que se encuentra en Internet, muestra la grave situación: el agua no puede correr entre los acantilados porque se lo impide el cúmulo de envases plásticos que hacen las veces de represa.

Mientras en el municipio de Quechultenango se hacen esfuerzos para organizar la recolección de los desechos reciclables generados por sus habitantes, aguas arriba, los poblados de la cuenca utilizan el río como basurero, de tal manera que éste municipio, como ningún otro, aparece como si fuera el mayor generador de desechos en el estado, pues debe hacerse cargo de lo que le mandan por las escurrentías, y traen consigo sus vecinos, asiduos visitantes de los balnearios del río Azul.

El mayor volumen de envases plásticos de la cañada se puede ver cubriendo  la superficie del embalse de la presa de Colotlipa, cuyos trabajadores hacen cerros de botellas que deben ser desalojadas de los tanques antes de llegar a las turbinas de la hidroeléctrica.

Mientras lo descrito se agrava cada día para perjuicio de la salud de los habitantes de la cañada del río Azul, las noticias sobre las acciones oficiales no dan lugar al optimismo. El gobierno de Chilpancingo ha tomado la oposición de pobladores de Petaquillas para la instalación de una planta de tratamiento de las aguas residuales en esa localidad, más como justificación para no hacer nada, que como preocupación que aplaza la urgente solución del problema.

 

VIAJE A LA SIERRA GORDA Agosto 24, 2009

Archivado en: Ambientalismo — silver99 @ 9:19 pm

Silvestre Pacheco León

La mejor oportunidad para conocerla  se me presentó en éste Verano. La experiencia ambiental en la Sierra Gorda de Querétaro, la conocí primero con los reportajes de mi amiga Talli Newman, quien a principios de los 90s dio a conocer una estupenda compilación de entrevistas, hechas por ella misma, que rescataban experiencias de personajes que en el territorio nacional se singularizan por su trabajo a favor del medio ambiente. Con entrevistas acuciosas y extensas Talli daba cuenta de la entrega apasionada, a veces sacrificada y casi nunca reconocida, de hombres y mujeres que sin esperar nada a cambio, han dedicado su vida a la defensa de la naturaleza como expresión del profundo amor al se humano que la destruye.

Paty Ruiz, quien en realidad se llama Martha, es la animadora  principal de la Conservación de la Biodiversidad en la Reserva Mundial de la Biosfera Sierra Gorda, localizada en la Sierra Madre Oriental de Querétaro. Ha cumplido dos décadas desde que abandonó su cómoda vida en Querétaro para irse a vivir en Jalpan de Serra, llevando consigo a su familia, con quien comparte el profundo amor a la naturaleza. He tenido el honor de conocerla y de disfrutar su plática amena en la que derrocha conocimiento y experiencia de cada punto del lugar donde actúa, amorosa y maternal para explicar lo que hace, corajuda y radical contra lo que se opone a la idea de la conservación.

La oportunidad del viaje me la dio la invitación al Taller de Gestión Integral de los Desechos Sólidos Municipales, uno de tantos eventos que ofrece el Grupo Ecológico Sierra Gorda, que es el nombre oficial de las mujeres y hombres que iniciaron la proeza de éste proyecto que se extiende por cinco municipios donde viven cien mil queretanos, cuyos ancestros  fueron los Chichimecas Pames, pobladores de éste rincón biodiverso.

Del Distrito Federal el viaje se realiza en cinco horas, si el tráfico y la lluvia no son obstáculo. A la sierra queretana se penetra por San Juan del Río y en el trayecto uno puede hacer un alto para recorrer las calles céntricas de Tequisquiapan, ciudad turística de la provincia, cercana a la capital del país. Después de media hora de camino y luego de pasar por los municipios de Ezequiel Montes y Cadereita, comienza el “largo y sinuoso camino” serpenteante y ascendente, para atravesar uno de los confines del desierto mexicano, que inicia en el estado de Chihuahua.

Por una angosta carretera rodeada de cañones y barrancos, con precipicios profundos, se puede admirar las imponentes montañas casi sin vegetación, de material arenisco, cuya superficie plomiza descubre de parte en parte el blanco de la cal o el rojizo de sus peñas. Éste paisaje es el que predomina a lo largo de ochenta kilómetros, donde el viento parece haber formado infinidad de montículos en una obra quizá de millones de años. De hecho la sequedad de la zona tiene que ver con la permeabilidad del terreno: la lluvia se infiltra con rapidez al subsuelo para aparecer como manantiales muy cerca del golfo o en calidad de aguas termales en la zona baja del estado.

De cuando en cuando nos distraen del camino, modernos y caros vehículos de lujo, unos nos rebasan, otros nos encuentran. Viajan veloces, al fin conocedores del lugar. Cuando las curvas y el paisaje comienzan a ser monótonos a la vista del viajero, la vegetación y el clima mudan en contraste. Más adelante los pinares se adueñan del camino y entonces aparecen las casas que retratan lo propio del lugar. Edificaciones hechas de piedra; puestos que ofrecen manzanas y guayabas, elotes de la temporada, costales de carbón y lajas amontonadas esperando comprador.

Pinal de Amoles, como su nombre lo indica, es el municipio boscoso en el camino, la cabecera ofrece un espectáculo singular con el techo rojo de sus casas, enhiestas desde el siglo XVIII.

Cuando parece que el ascenso del camino ha llegado a su fin, comienza el descenso. De dos mil metros de altura es la ascensión, luego todo es bajada,  sin que las curvas desaparezcan, sólo el paisaje ha mudado. Ahora es la selva mediana y caducifolia quien nos acompaña hasta Jalpan de Serra, con temperatura de más de 30 grados.

Jalpan de Serra parece un lugar extraño a quienes vamos desde la costa, empezando porque sus construcciones del centro de la ciudad son de épocas remotas y muestra de distintas ocupaciones. Durante muchos años su cabecera lo fue también de las misiones franciscanas. Su apellido ha sido tomado del mismo misionero que encabezó la cruzada de la fe católica: Fray Junípero Serra, español de Mallorca, quien hizo el gran aporte para la evangelización, de aprender la lengua de los pueblos para someterlos con su propia habla a una religión que les era ajena.

La economía del lugar no es de bonanza. Comercios que se cierran, baja afluencia de turismo y un campo que, pese a lo diverso de sus actividades, no llega a ser productivo. Muchas casas sin terminar y el regreso de migrantes rechazados del norte, son la expresión de la crisis. Hasta hace poco, la costumbre más socorrida de los jóvenes, era pasearse en torno a la plaza luciendo sus carros importados, caros y comprados a plazos. Ahora buscan compradores para aguantar el paso de la recesión económica.

Pese a todo, el pueblo nos atrae con su paz y tranquilidad provincianas. Sus habitantes son amables. Hace tres años se produjo un cambio radical en sus vidas con la idea  del promover el potencial del ecoturismo. Las inversiones de las remesas se dirigieron allá, de modo que el remozamiento del centro fue una tarea conjunta de sociedad y gobierno. Son muchos hoteles familiares, de cómodas tarifas, orientados hacia el turismo alternativo, actividad que forma parte de la estrategia de conservación impulsada por el Grupo Ecológico.

En Jalpan de Serra está la sede del Grupo Ecológico Sierra Gorda, junto con las dependencias federales mediambientales y lo primero que llama la atención es precisamente éste hecho: la coordinación del sector oficial con la ONG.

El taller sobre la gestión integral  de desechos sólidos municipales en ésta reserva de la biosfera, nos ha reunido a participantes diversos, venidos de estados vecinos y de algunos otros países. Los 35 talleristas provenimos del DF, Querétaro, Jalisco, Estado de México, Veracruz, San Luis Potosí, Chihuahua, Guanajuato, Guerrero; también  de Bolivia y Perú. Entre funcionarios, académicos, estudiantes, investigadores, miembros de la sociedad civil, se integra un equipo participativo.

El taller comprende la elaboración de los planes municipales de gestión integral de desechos sólidos, en la teoría, y la visita a los centros de acopio y rellenos sanitarios de la reserva, en la práctica. El programa lo debemos agotar en tres días, de modo que las jornadas son intensas.

La titular invitada para dirigir el taller es, Albina Ruiz, a la sazón directora ejecutiva del corporativo ambiental, Ciudad Saludable, del Perú, cuyos proyectos exitosos le han merecido amplios reconocimientos en muchas partes del mundo, pero, sobre todo, en su país.

Para entender el tamaño del problema de los residuos en América Latina, recurrimos a la información del Banco Mundial, que nos confirma cuan vertiginoso es el proceso de producción de desechos en nuestros países, como muestra palpable de que el modelo capitalista de producción y consumo se impone sin ninguna oposición.

En las zonas metropolitanas el promedio de desechos generados por habitantes por día ha llegado a casi un kilo diario por persona. En las ciudades intermedias cada persona en promedio produce 730 gramos al día, y en las ciudades pequeñas la producción de desechos ya rebasa el medio kilo por persona por día.

Los residuos hospitalarios que suelen recolectarse como la basura común,  se calculan en 3 kilos diarios por cama, de los cuales, medio kilo constituyen residuos peligrosos.

Desde luego, los problemas de los residuos urbanos están frente a nuestros ojos ensuciando caminos, calles, lotes baldíos, lechos de ríos, mares, barrancas.

Los  sistemas de recolección son en su mayoría inadecuados y caros, y ni que decir de los lugares para su destino final, que suelen ser  fuentes de contaminación de mantos freáticos, cuando no, de plano son los cuerpos de agua superficiales los receptores de toda nuestra inmundicia.

Lo caro del servicio de limpia y recolección de los desechos residuales también ha sido cuantificado por el Banco Mundial, de modo que en promedio, los ayuntamientos gastan entre 15 y 45 dólares por tonelada de basura recolectada; entre 10 y 20 dólares por barrido de una tonelada de basura; entre 5 y 15 dólares por transferencia o acarreo, y entre 3 y 10 dólares por tonelada en su disposición final. Es decir, nada  que no sepamos o intuyamos los ciudadanos de a pie.

De los cinco gobierno locales panistas que también participaron en el taller, ninguno ha hecho adecuadamente su tarea para que los desechos municipales tengan un destino ecológico. Si la ineficiencia no tiene partido, las justificaciones tampoco. Todos se quejan de falta de recursos para cumplir su obligación, pero gastan un dineral en cuestiones que no son prioritarias.

Por eso el trabajo del Grupo Ecológico Sierra Gorda es meritorio, pues con su acción en las escuelas y a nivel comunitario ha logrado quitar presión a los tiraderos municipales, reduciendo el tamaño de la contaminación.

La experiencia que conocimos en ése sentido, no tiene par en el país. Desde principios del siglo se abocaron a concientizar, educar y capacitar a la población en el manejo de los residuos o desechos. Comenzaron con las escuelas a organizar centros de acopio y ecoclubes, luego involucraron a las comunidades, con sus autoridades locales, y a las mujeres beneficiarias del programa federal de Oportunidades.

Con un trabajo de nueve años han establecido cien centros de acopio en otras tantas poblaciones, y con su asesoría han promovido tres microempresas que con la figura legal de cooperativas se dedican a la recolección  de los centros de acopio como negocio que genera empleos y ganancias.

Las  microempresas que acopian los desechos reciclables de cinco municipios de Sierra Gorda han logrado recuperar y comercializar mil 401 toneladas de desechos reciclables.

La mayoría de las familias lleva sus desechos al centro receptor comunitario, preferentemente cada dos semanas, el día en que tienen destinado para sus campañas de limpieza de las áreas comunes.

Los centros de acopio en su mayoría están construidos de madera costera con techo de lámina de zinc, quizá de unos 10 metros cuadrados. Cuando el lugar se ha llenado con desechos reciclables, empleados de la cooperativa recogen el producto, lo pesan y lo pagan. Los fondos se destinan a obras que cada comunidad acuerda, como arreglo de capilla, mejoramiento del centro de salud, pintura de la escuela, etc