Silvestre Pacheco León.
Que el asesinato de Armando Chavarria
no sea uno más de los crímenes impunes,
y que su sacrificio nos llene de coraje
para no callar la demanda de justicia en Guerrero.
Es verde esmeralda el color de sus campos. La lluvia ha repetido el milagro de la vida, después que el sol y la tierra han hecho su parte. Los cultivos crecen en toda la cañada repitiendo el ciclo de la vida.
El maíz sigue predominando en las parcelas, pero también hay sembradíos de cacahuate, sorgo y alfalfa. Los cultivos que no se ven pero se adivinan, son el frijol, la calabaza, sandía. Después de todo, se auguran buenas cosechas y eso tiene en contento a la gente.
Hace apenas quince días la sequía era la noticia. Muchas siembras se malograron, pero la mayoría llegará a buen término. Los pueblos hicieron lo que pudieron. A fuerza de rezos, ruegos y cuetes, cargando en andas a sus respectivos santos y con el sacrificio del ayuno, saliendo en procesión por los campos, bajo el sol del medio día, su fe tuvo recompesa de humedad..La tristeza y desesperanza se trocó en alegría a partir de la segunda quincena de agosto.
Hace apenas un mes caminé confundido por sus campos tratando de entender el panorama cambiado. Ciertamente el trabajo de la siembra era muestra de retraso porque a excepción del ejido de Tepechicotlán, que tiene el beneficio del riego, y por eso su calendario de siembras no sufre alteraciones, en el resto de la cañada las milpas apenas despuntaban.
Acostumbrado a ver los cultivos desarrollados cuando las fiestas de la Señora Santana en Mochitlán y del Santiago Apostol en Quechultenango, se preparan, en éste año, por esas fechas el campo lucía desolado. Las procesiones de yuntas y yunteros por las calles de los pueblos, que antes daban colorido a estas épocas, quedaron para el recuerdo.
Los clásicos naylos o plásticos multicolores que en el campo se usan como capotes para cubrirse de la lluvia, no se ven más. Será la escasez de lluvia o las ventajas del transporte vehicular que ahora està al alcance de todos, como para ponerse a resguardo ante amenazas de tormenta, pero el caso es que también en esto se nota el cambio. Ni burros ni caballos pastan en los carriles. En su lugar son las “trocas” estacionadas las que llaman la atención.
No miré yuntas de bueyes en las siembras, ni en las labores de cultivo, pero me llamó la atención la proliferación de bombas aspersoras y también los grandes recipientes plásticos en los que ahora los campesinos preparan los líquidos con los que combaten la hierba y las plagas, llevándose de por medio, chapulines, hormigas, lagartijas, y quien sabe cuántos insectos y animales más.
Don Procopio y doña Lupe, de los pocos campesinos que quedan, platican las novedades que han visto en sus ocho décadas de vida. Él dice que nuevos campesinos no hay, que ahora los que trabajan en el campo “son nomás peones” que trabajan para las grandes empresas comercializadoras de semillas y agroquímicos; que antes los campesinos sembraban y producían su propio alimento, que seleccionaban las semillas y eran dueños de los insumos. Fabricaban orgánicamente su propio abono para fertilizar y ellos mismos araban la tierra con sus yuntas. Ahora son flojos quienes trabajan en el campo. Buscan la comodidad, aunque la siembra les cueste lo que no tienen. Puro dinero para tanto químico que se utiliza. Ahora ya ni el tractor ocupan para aflojar la tierra. Siembran sin escardar, atenidos al líquido Matatodo para combatir la maleza. Hasta dos fumigadas dan, y pronto serán tres, porque dice que, o bien el líquido ya no es tan fuerte como antes, o las hierbas se han vuelto más resistentes.
Ambos campesinos hacen recuento de las novedades. Don Procopio asegura que ya casi no hay lagartijas y mucho menos iguanas. No recuerdan haber visto en esta temporada de lluvias los magníficos arcoiris del horizonte. Doña Lupe pregunta si alguien vio las famosas hormigas voladoras que antes anunciaban el principio de las lluvias. Ni las manadas de zanates con su escándalo por las mañanas, dice que se aparecen.
Los campesinos ya no hablan de las semillas criollas que antes ellos mismos seleccionaban, ahora llaman con nombres extraños y números en clave para nombrar las semillas mejorada y sus paquetes tecnológicos respectivos.
Debo confesar que me asusta ver parcelas de maíz tan desarrolladas, altas, gruesas y uniformes, donde cada mata tiene dos y hasta tres elotes. Las hay de una espiga morada que refulge, y otras de color blanquísimo que contrasta con el verde oscuro de sus hojas y el encendido rojo escarlata de la cabellera que corona a los elotes. ¿A alguien le consta que no estamos ya frente al maíz transgénico?
El caso es que cada vez son menos los campesinos que siembran el maíz pensando en asegurar el sustento de sus familias. Los más piensan en su comercialización, pues las tortillas ahora hay que comprarlas todos los días, ni modo de pensar en cocer el nixtamal que es símbolo de atraso, máxime que éste maíz que cosechan no aguanta más de un día sin acedarse, dicen las mujeres. Por eso casi todos se han acostumbrado a consumir la mala calidad del producto que expenden las tortillerías.
En efecto, la mayor parte del maíz cosechado no se consume en la cuenca. Parte del que se queda sirve como forraje, pues la ganadería se ha incrementado bajo el sistema semiestabulado con la falsa idea de que eso sí es negocio.
Claro que no es consuelo saber que el maíz que ahora se produce no es el que se come localmente, dado el coctel químico que lo hace posible, pero de todas maneras, es la población de la cañada la principal consumidora de los productos de la ganadería cuyos insumos son, mayoritariamente, químicos y transgénicos.
Además de contaminar y esterilizar la tierra con la extensa gama de agroquímicos que utilizan, los campesinos saben que el agua no está exenta del daño, y hasta quizá sea peor en el caso de éste recurso porque la lluvia arrastra consigo todo el nitrato, potasio, sulfato con que los campesino fertilizan cada año, y casi toda el agua que se utiliza para el riego trae adicionado el drenaje de los habitantes que viven en la capital del estado, Petaquillas, Tepechicotlán, Mochitlán y Coatomatitlán, pues, como se sabe, sólo la cabecera municipal de Quechultenango cuenta con una planta de tratamiento de sus aguas residuales.
Pero el daño más grave al medio ambiente es el generado por los residuos llamados urbanos, y que no son otra cosa que los desechos sólidos que producen las familias en su consumo cotidiano. Una foto de un tramo del río Azul, adelante de Colotlipa, que se encuentra en Internet, muestra la grave situación: el agua no puede correr entre los acantilados porque se lo impide el cúmulo de envases plásticos que hacen las veces de represa.
Mientras en el municipio de Quechultenango se hacen esfuerzos para organizar la recolección de los desechos reciclables generados por sus habitantes, aguas arriba, los poblados de la cuenca utilizan el río como basurero, de tal manera que éste municipio, como ningún otro, aparece como si fuera el mayor generador de desechos en el estado, pues debe hacerse cargo de lo que le mandan por las escurrentías, y traen consigo sus vecinos, asiduos visitantes de los balnearios del río Azul.
El mayor volumen de envases plásticos de la cañada se puede ver cubriendo la superficie del embalse de la presa de Colotlipa, cuyos trabajadores hacen cerros de botellas que deben ser desalojadas de los tanques antes de llegar a las turbinas de la hidroeléctrica.
Mientras lo descrito se agrava cada día para perjuicio de la salud de los habitantes de la cañada del río Azul, las noticias sobre las acciones oficiales no dan lugar al optimismo. El gobierno de Chilpancingo ha tomado la oposición de pobladores de Petaquillas para la instalación de una planta de tratamiento de las aguas residuales en esa localidad, más como justificación para no hacer nada, que como preocupación que aplaza la urgente solución del problema.
Ahora nos parece idílico un mundo rural que se fue apenas ayer,y que se fue no porsu voluntad sino porel arribo de la agricultura “moderna “que amenaza con terminar con todo lo que carezca de valor monetario para los usufructuarios de los recursos otrora patrimonio de los campesinos. Existen en el campo mexicano,cada vez más enajenado,muchos personajes idénticos a Don Procopio y Doña Lupe que lamentan que su mundo cambiara pero no para bien . La depredación que azota a Quechultenango arrasó hace décadas ,en estos valles donde vivo, con una actividad agropecuaria pensada para vivir en armonía con la tierra que daba para comer bien y para hacer felices a sus cultivadores.
Te felicito por la excelente descripción de lo que por desgracia sucede en esas tierras tan heroicas como hermosas,donde vive gente buena digna de mejor suerte.