Silvestre Pacheco León.-Zihuatanejo Guerrero

Politologo, Ambientalista, Periodista… Contacto: leonblog@riseup.net

FELIPE ARREAGA SANCHEZ Septiembre 21, 2009

Archivado en: Ecologia, Sociedad — silver99 @ 4:55 pm

FELIPE ARREAGA SANCHEZ

Silvestre Pacheco León

Cuando me enteraron de tu muerte pensé que era un mal sueño. Tu no debías morir, y menos de una muerte tan estúpida, en la carretera nacional, víctima de la prisa con la que los choferes de las combis se quieren sobreponer a su miserable salario.

Mira que venirte a morir en el mero día de la independencia, justo cuando falta un año del inicio de la verdadera revolución, y te vas, así, de repente. Tu que como don Vicente Guerrero, sobreviviste mil peripecias, caíste del golpe seco y contundente para el que nadie está preparado. La combi que te envistió en su carrera para ganar el pasaje allá en Petatlán, iba repleta de estudiantes que acudían al desfile. Mira si no va a impactar tu muerte, si ellos que fueron tu principal preocupación en las pláticas sobre el cuidado del ambiente, te vieron caer de la cuatrimoto en ése accidente aparatoso, sin poderte auxiliar en ésa lucha en la que sólo tu fortaleza física te dio unos  minutos más de vida.

Celsa, tu inseparable mujer y compañera, te esperaba en la casa, como siempre, lista para subir a la sierra en labor casi pastoral de sembrar árboles y predicar a favor de la naturaleza. Quizá otra hubiera sido la historia si esa mañana ella te hubiera acompañado a la gasolinera como querías, pero se entretenía arreglando los detalles para que nada faltara allá arriba, en el Zapotillal.

La noche anterior hacías cuentas de los cuatro años cumplidos desde tu salida de la cárcel de Zihuatanejo, cuando una acusación falsa te arrebató diez largos meses de vida que te pasaste encerrado. Desde entonces, contabas cada día  como si fuera el último que ibas a vivir. “Ya cumplí cuatro años, a ver que me depara Dios de aquí para adelante” me confió Celsa que le dijiste la noche anterior a tu muerte.

Tu creencia de que cada quien tiene escrito el tiempo que va a durar en el mundo, te daba cierta seguridad y no menos audacia para vivirlo. Si te habías salvado de las amenazas de muerte de Figueroa el viejo, cuando muchacho tu, te le enfrentaste en la exigencia de que atendiera las peticiones campesinas para proteger el bosque del ejido Fresnos de Puerto Rico, en tu calidad de presidente del comisariado; si te impusiste con tu prédica de perdonar las ofensas y muertes de numerosas familias serranas para que reinara la paz cuando sólo las armas era el medio y remedio de sobrevivencia, cuantimás, ibas a salir airoso del “juicio popular” al que te sometieron quienes en tu región buscan el cambio social por la vía violenta. Era tu fortaleza espiritual que con Celsa se duplicaba, lo que sacó avantes a los dos aquella noche oscura, en la que para mayor ofensa contra ti, los hicieron cargar las mochilas guerrilleras, después de sacarlos violentamente de su casa. Ganó tu postura de coincidir en los fines pero disentir en los métodos, porque hasta el final sostuviste que el fin no justifica los medios. Eso te hizo crecer en respeto, hasta de quienes no te querían.

Si no vacilaste en secundar la lucha regional contra el saqueo de madera cuando gobernaba el segundo Figueroa, menos lo  ibas a hacer cuando la Organización de Campesinos Ecologistas de la Sierra de Petatlán y de Coyuca de Catalán, requirieron de tu guía. Luchaste hasta el cansancio, y todo el sacrificio de vivir escondiéndote el tiempo que duró la persecución, tuvo su fruto, un fruto venturoso porque hasta entonces, tu compañera, que sólo participaba apoyándote como sostén de la familia, de pronto hizo causa común de tus anhelos y creó, ella misma a la cabeza, la Organización de Mujeres Ecologistas de la Sierra, cuando el acuerdo de cambiar su residencia, los llevó a mudarse a la cuenca del río Petatlán, la zona más pobre del municipio pero también la de mayor tradición organizativa. El pueblo les dio cobijo y protección cuando el ejército te perseguía.  Celsa lo recuerda a menudo, cuando platica de la irrupción de las mujeres en la lucha ambiental. Te has de acordar que muy a regañadientes conviniste con ella en que ambos se alejarían de la lucha social para dedicarse exclusivamente a la familia y ver por la educación de los hijos. “Al cabo nadie agradece ni reconoce lo que uno hace para el bien de la gente” –sentenciaba tu mujer-.

Poco tiempo pasó de tranquilidad en tu hogar cuando en menos de que canta un gallo ya estaban los dos enfrentando problemas de la comunidad. La organización de las mujeres apenas empezando el nuevo siglo, fue la consecuencia, el campo estaba fértil. Si de por sí, cuando la lucha se volvía más feroz, los hombres eran los primeros en huir con el pretexto de que no pueden andar por el monte, escondiéndose, llevando consigo a mujeres y niños. En los pueblos se necesitaba más que resignación para enfrentar la llegada del “gobierno” que era sinónimo de, susto, maltrato, vejaciones, amenazas y robos contra el resto de la familia.

¿Recuerdas que en el  2005, Celsa fue la que te sacó de la cárcel, porque se lo propuso, porque como toda mujer de convicciones, movió cielo y tierra para reunir las pruebas de tu inocencia? Ella más que nadie sabía del accidente que te dejó postrado cuando la Procuraduría, coludida con los talamontes pretendió tomar venganza contra los ecologistas, fabricándote el delito de homicidio con el que te acusaban.

Tu que tomaste desde joven la causa de la paz, renunciando a la venganza legítima contra quienes mataron a tus padres, fuiste víctima  de una acusación atroz a finales del 2005. Entonces sucedió igual, también en la carretera te detuvieron los judiciales, cargaste con la culpa de otros, y nunca te rajaste. Quizá fue tu serena actitud de aceptar todo con buena cara lo que te ayudó para que mucha gente en el mundo conociera tu trabajo a favor del bosque. Fueron cientos las cartas de apoyo que recibimos, en todos los idiomas, con el lenguaje común de la solidaridad. En la cárcel hubo desfile de personalidades visitándote. Te has de acordar del diputado de la Unión Europea quien indignado por la injusticia que te hizo víctima, se empeñaba en sacarte él mismo por la puerta de los visitantes. Hasta el ambiente de los presos cambió para bien cuando fuiste su compañero, pues no desperdiciaste ni un día en defender sus derechos, hacer amigos, y mediar en conflictos. Lo mismo ayudaste a que se les reconociera su derecho al  agua, como a la atención médica como parte de sus derechos humanos. Todavía recuerdo cuando intentaste reunir a todos los presos para hablarles del daño ambiental que sufre el planeta. El director no lo podía creer y tampoco se pudo negar.

Los reconocimientos nacionales e internacionales que recibiste nunca te cambiaron, y contrariamente a lo que haría cualquiera, tu pedías que no se hablara mucho de eso porque a lo mejor la gente pensaba que se trataba de dinero, y eso era lo que menos tenías.

Estuvo bien que hubieras desdeñado la invitación de Fox  en el día mundial del medio ambiente, en el último año de su gobierno. En cambio, recibiste complacido el reconocimiento que te igualaba con el campesino defensor del Amazonas brasileño, Chico Mendes, otorgado por la poderosa organización ambientalista Sierra Club. La medalla Sergio Mendez Arceo también fue un reconocimiento merecido.

Cómo no te iba a querer la vida si en la propia cárcel te hiciste amigo de uno de los matones que participó en la cadena de asesinatos que se desató con la muerte de nuestra amiga, Digna Ochoa. Por eso duele tu muerte atroz, de repente.

Mientras  ésa mañana fatídica pedías que te ayudaran a levantarte cuando morías desangrándote, la noticia llegó hasta tu casa del Barrozal. ¡Mataron a Felipe! Gritaban dando la noticia. Tu mujer y tus hijas se aturdieron, no sabían qué hacer pensando que te habían asesinado. Ya repuestas corrieron a levantarte, pero fue inútil porque tu vida quedó en manos de los servicios médicos más inútiles de la Costa. Sin poderte atender en Petatlán, te llevaron hasta Zihuatanejo, regando con tu sangre el camino. Allí te moriste.

Nadie está preparado para morirse y menos para recibir esa noticia cuando afecta a un ser querido. Celsa lo confiesa. Dadas las circunstancias del ambiente en el que vivían, siempre pensó que llegada la hora estaría preparada. Pero no. Está deshecha y con el enorme compromiso de mostrar fortaleza frente a tus hijas que te vieron salir y  no volverán a verte más.

Nos harás falta, Felipe, Compañero. Amigo.

 

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