Silvestre Pacheco León.
Desde hace 37 años, el 5 de junio se celebra el Día Mundial del Medio Ambiente, promovido por la asamblea general de las Naciones Unidas, a partir de la celebración de la Conferencia de Estocolmo, en diciembre de 1972.
Desde ése año la ONU aprobó el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), el que tiene como objeto promover la participación de las personas en la atención de los problemas que afectan a la sociedad y su entorno.
Aunque hay quienes piensan que los dramáticos cambios que estamos viviendo como efecto del calentamiento global requieren, no un día, al año, sino todos los días de toda nuestra vida, para revertir los graves daños que deterioran nuestro medio, es justo decir que aunque sea un día, cada 364, si en verdad los destinamos a la reflexión, el análisis y a la evaluación de las fuentes principales que causan el deterioro ambiental, mejores resultados habría como para confiar en que la situación puede cambiar para mejorar.
Si bien es cierto que ahora en nuestra Constitución, en el artículo cuarto, se establece como derecho de los mexicanos disfrutar de un medio ambiente adecuado para su desarrollo y bienestar, la verdad es que ése derecho está muy lejos de cumplirse si tomamos en cuenta que ése medio ambiente del que se habla, debe garantizar el desarrollo y el bienestar sin distingos.
Si todos entendemos como medio ambiente lo que vivimos a diario, interactuando con el entorno, cuyo efecto condiciona nuestro modo de ser, como bien lo define la enciclopedia, deduciremos que no se está cumpliendo con el derecho de todos, porque ése medio ambiente no garantiza el desarrollo, entendido éste como aquella capacidad que podemos alcanzar para resolver nuestros problemas, y ni bienestar, como reza la Constitución.
En realidad, lo que estamos viviendo es una situación de excepción, o de emergencia, que no se compara con ninguna otra etapa de la historia del país. Lo peor es que ni siquiera hay indicios de que hayamos tocado fondo, lo que implica que todo puede empeorar.
El medio ambiente en el que vivimos hoy, nos enferma, nos produce miedo, zozobra e incertidumbre; nos empobrece y nos hace más individualistas, pues a los problemas habituales que provocan el calentamiento global, la contaminación y el deterioro de los recursos naturales, ahora se agregan el de la crisis económica, con su cauda de desempleo, y la violencia, que de tan generalizada, ahora condiciona nuestro modo de ser.
Y para no hablar, o escribir, sobre el impacto de la influenza en nuestra realidad, mejor mencionemos el otro ingrediente, que no por considerarlo menos importante, deja de involucrarnos a todos los ciudadanos: el de la renovación del Congreso con la elección de los 300 diputados uninominales y los 200 plurinominales.
Aunque sostengo que frente a las campañas electorales y su bombardeo mediático cotidiano y permanente, la población está lejos de ver en el ejercicio electoral democrático alguna utilidad para resolver sus preocupaciones inmediatas, justo es señalar que de la conducta que asumamos los electores, el 5 de julio, dependerá en mucho el futuro del país y del medio ambiente que vivimos.
En éste sentido, resulta conveniente fijar una postura frente a la corriente de opinión que propone el voto en blanco como estrategia para hacer que los partidos cambien y asimilen, como castigo de los electores, su conducta facciosa, corrupta, demagógica e ineficiente, cuando les toca gobernar.
Desde mi punto de vista, la propuesta del voto en blanco, tiene más que ver con un ánimo revanchista de quienes lo promueven, que con una propuesta eficaz de cambio democrático. Nuestra clase política simula muy bien y tiene capacidad suficiente como para decir que se siente aludida ante una actitud tan inocente como es el voto en blanco. Dirá que aprenderá la lección y que se esforzará por ser mejor si la abstención crece. El problema es que en términos prácticos el voto en blanco hará ver a sus promotores no sólo como debilitadores de la fortaleza institucional del sistema de partidos, sino como una fuerza desesperada pero con poca inteligencia para estructurar una alternativa que canalice eficazmente el descontento social y el hartazgo de los electores.
Sea cual sea la cantidad de votos válidos y nulos, recordemos que el poder se repartirá con las cifras del primero, así sea con el 40 por ciento del padrón. Los partidos no vivirán ninguna merma ni en sus prerrogativas ni en la representación total que tendrán en la próxima legislatura. Con votos en blanco o sin ellos, los partidos nos seguirán costando caros. Seguiremos pagando la manutención de todos los cuadros partidistas y también las dietas, de montos estratosféricos, a tantos diputados, la mayoría ineptos, que tienen una vida de privilegios, que son una ofensa para tantos mexicanos que apenas ganan para sobrevivir.
Me parece que una postura inteligente debe ser la que convoque a los electores a evaluar personalmente a cada uno de los candidatos de su distrito y a valorar en detalle las propuestas de cada uno de los 8 partidos que están en la contienda.
Que la orientación sea clara en el sentido de que la verdadera lección que la sociedad civil debe dar a los partidos, es votando el candidato y el partido que mejor encarnen nuestra idea de cambio. Nuestra exigencia debe ser por la congruencia entre lo que dicen y lo que hacen.
Para convertir esta campaña electoral en un ejercicio cívico donde la madurez de la sociedad se trasmita a los partidos y sus candidatos, se requiere que la sociedad organizada promueva encuentros y debates entre los aspirantes a representar cada uno de los distritos.
Una manera de romper con las mafias que se han adueñado de los partidos es acercando a los candidatos con los núcleos organizados de la sociedad, para que en diálogo franco se comuniquen de verdad y se comprometan, denunciando de manera pública a quienes caigan en delitos electorales.
Tantos las dádivas como las amenazas son lastres del viejo régimen que deben desaparecer, pero no lo harán por decreto o porque ahora son punibles, sino cuando la propia sociedad los denuncie y se abstenga de participar en ellos.
De manera enfática los electores debemos decir ¡basta! a la complicidad que existe entre los políticos y los grupos de poder ilegal a los que sirven. Con el voto de cada quien podemos cerrar el paso a los candidatos de nuestro distrito coludidos con los intereses caciquiles y a los que se sirven de los recursos oficiales, viendo como clientes a los ciudadanos libres.
Si actuamos con inteligencia podemos aprovechar la coyuntura electoral para la mejora de nuestro medio ambiente, y para que eso sea posible, más que el voto blanco, lo que requerimos es la conciencia clara para votar por el candidato y el partido que vayan a la raíz de los problemas, que garanticen el empleo, la educación, la salud, la vivienda y la paz social, no por los que quieran volver al pasado régimen autoritario y represor, ni tampoco por quienes sólo sepan atacar los efectos, gastando los escasos recursos públicos en golpes publicitarios de acciones que no nos llevan a ninguna parte.